

Carlos E. Bauza
La historia moderna de Venezuela parece estar escrita en un bucle de esperanza y decepción, una narrativa donde la responsabilidad ciudadana ha sido sistemáticamente canjeada por la fe en figuras providenciales. Desde la irrupción de Hugo Chávez hasta la reciente fascinación por líderes extranjeros como Donald Trump, el hilo conductor ha sido el mismo: la búsqueda incesante de un tercero que ejecute la tarea que corresponde a la sociedad civil. Esta tendencia al personalismo no es solo un fenómeno político, sino una patología social que nos distingue de otras naciones que, frente a crisis similares, han optado por la cohesión institucional y el sacrificio colectivo.
El ascenso de Hugo Chávez a finales de los años 90 no fue un accidente, sino el resultado de una sociedad que, agotada de sus instituciones, decidió entregarle las llaves de su destino a un "vengador". El chavismo instauró lo que en mis análisis denomino el "Imperio del DAME", un modelo donde el Estado provee y el ciudadano obedece o espera. Sin embargo, lo más trágico no fue el origen de este modelo, sino su mutación en la psique opositora. Al no poder derrotar al sistema, una parte considerable de la población no optó por el fortalecimiento de la base social, sino por la búsqueda de un "caudillo bueno" que derrotara al "caudillo malo".
En este contexto, la figura de Donald Trump emergió no como un aliado diplomático, sino como un redentor metafísico. Muchos venezolanos proyectaron en Washington la fuerza que sentían haber perdido en casa, convencidos de que una intervención externa o una orden ejecutiva desde la Casa Blanca restauraría la democracia sin necesidad de un consenso nacional sólido. Esta actitud revela una herida profunda: la incapacidad de concebir la libertad como un proceso de construcción interna, prefiriendo verla como un producto de importación.
Cuando miramos hacia afuera, el contraste es desolador. El caso de Ucrania frente a la invasión rusa ofrece una lección de civismo que Venezuela aún no ha terminado de procesar. Mientras en Venezuela se espera que el "mundo haga algo", en Ucrania el ciudadano común —el panadero, el maestro, el ingeniero— se convirtió en soldado y logista de su propia libertad. Allí, el liderazgo de Volodímir Zelenski no es el de un mago que promete soluciones mágicas, sino el de un catalizador de una voluntad nacional que ya existía. La diferencia radica en el tejido social: los ucranianos no pelean por un hombre, pelean por una idea de nación; en cambio, el venezolano parece seguir peleando por un nombre que lo salve.
Históricamente, las naciones que han superado el totalitarismo, como la Polonia de Lech Wałęsa y el sindicato Solidaridad, lo hicieron mediante una organización de base que hacía que el costo de la opresión fuera insostenible. En esos casos, el apoyo externo fue un complemento, no la base de la estrategia. En Venezuela, hemos invertido la ecuación: ponemos el 90% de nuestras expectativas en las sanciones o en el apoyo internacional, dejando apenas un margen residual para la organización interna y la resistencia civil coherente.
Esta búsqueda de salvadores externos es, en el fondo, un mecanismo de defensa para evitar enfrentar nuestras propias fallas como sociedad. Es más fácil culpar a la traición de un líder o a la inacción de una potencia extranjera que aceptar que hemos permitido la erosión de nuestra propia educación y moral. Como explico en mi artículo Invertir en Venezuela, la verdadera transición no ocurrirá en Miraflores ni en la Casa Blanca, sino cuando el venezolano deje de buscar espejos de Chávez en otros líderes.
Hoy, la sociedad venezolana se encuentra en una encrucijada ética. La fascinación por el pragmatismo transaccional —donde se acepta una "mejoría" económica a cambio de ignorar la falta de justicia— es la prueba de que el daño no es solo político, sino espiritual. Al aceptar que otros decidan por nosotros, estamos validando la misma estructura mental que permitió el ascenso del autoritarismo. Si seguimos esperando que un Trump, un Elon Musk o cualquier figura de poder externo "haga lo que nosotros no hacemos", seguiremos siendo inquilinos de nuestra propia crisis, habitando un país que cambia de capataz pero nunca de estructura.
Cuando Su Santidad Juan Pablo II visitó Caracas, no solo vio una crisis política; vio una crisis antropológica. Él acuñó o reforzó la idea de las "estructuras de pecado". Para el Papa, el mal en Venezuela no era solo un mal gobierno, sino una estructura social que asfixiaba la libertad del hombre al hacerlo dependiente. Él advirtió que una sociedad que busca "que le den" termina perdiendo su dignidad de hijo de Dios para convertirse en un siervo del Estado. Su llamado a la "evangelización de la cultura" era, en el fondo, un llamado a que el venezolano recuperara su autonomía moral. Como mencionas en tu visión del Misterio de la Iniquidad, el Papa vio que cuando el hombre abdica de su responsabilidad, le abre la puerta al mal disfrazado de providencia.
Uslar Pietri fue quizás el más persistente en denunciar la "mentalidad de rentista". Su famosa frase "Sembrar el petróleo" no era solo una instrucción económica, era un imperativo ético. Él vio antes que nadie que el petróleo estaba creando una sociedad de "huéspedes de la renta", personas que no se sentían dueñas de su país, sino invitados a un banquete que no cocinaron. Uslar advirtió que el venezolano buscaba al Estado (el gran repartidor) como un niño busca a un padre, transfiriendo su poder personal a la figura de turno. Para él, el caudillo no era el problema raíz, sino la respuesta lógica a un pueblo que se negó a ser ciudadano para ser beneficiario.
Renny Ottolina fue el comunicador que intentó traducir estas alarmas al lenguaje del día a día. Su discurso se centraba en el "Ser" sobre el "Tener". Renny fustigaba la idea de que la solución vendría de un gobierno; él insistía en que la solución era el individuo que respeta las leyes, que se educa y que no espera por nadie. Él vio la llegada del populismo destructivo mucho antes de que se llamara "chavismo". Sabía que si el venezolano seguía buscando a alguien que "hiciera por él", terminaría encontrando a alguien que "mandara sobre él". Su mensaje de "Venezuela con clase" era un intento de romper el ciclo de dependencia que hoy vemos repetido en la búsqueda de figuras como Trump para solucionar lo que nosotros mismos erosionamos.
Lo que une a estas tres figuras es la denuncia de la anomia social.
Hoy, en 2026, la sociedad venezolana parece seguir en la misma parada de autobús, esperando que el conductor (ya sea Chávez en su momento, o ahora figuras externas como Trump o Musk) los lleve a un destino que solo se alcanza caminando. Como bien describo en mi artículo Venezuela Transmutó, el problema es que la energía de la nación se ha transmutado en una espera pasiva, donde el "sentido común" se ha perdido en favor de un pensamiento mágico que nos mantiene prisioneros de nuestra propia inacción. La verdadera transición, como decían estos tres visionarios, no es un cambio de nombres en la cúpula, sino el despertar del ciudadano que entiende que el gobierno es un servidor y no un salvador.
La tragedia de la Venezuela actual no es solo la destrucción de su economía, sino la consolidación de una psicología de la capitulación. Nos hemos acostumbrado a una dinámica perversa: somos implacables exigiendo soluciones a figuras externas, pero profundamente pasivos en nuestra propia esfera de influencia. Esta "costumbre de no hacer nada" es el resultado de un diseño social que sustituyó al ciudadano por el súbdito y al mérito por la lealtad (o por el azar del "rebusque"). Históricamente, el venezolano ha delegado su bienestar en el Estado, y cuando el Estado se volvió su verdugo, simplemente buscó un "Estado paralelo" en figuras como Donald Trump o cualquier líder extranjero que proyectara fuerza. Esta delegación es lo que Su Santidad Juan Pablo II identificó como una estructura de pecado: una forma de vida donde el individuo renuncia a su soberanía personal a cambio de la promesa (casi siempre incumplida) de que alguien más resolverá sus problemas básicos. Mientras en Venezuela se debate si "nos van a salvar", en otros rincones de la historia moderna, como Ucrania, la respuesta fue la inversa. Allí, la sociedad entendió que el apoyo externo es un multiplicador, no el motor principal. La diferencia radica en que en esos países no se perdió el sentido de propiedad sobre la nación. En Venezuela, el "Imperio del DAME" —denunciado tanto por Arturo Uslar Pietri como por Renny Ottolina— mutiló la capacidad de autogestión, creando una masa crítica que prefiere criticar desde la inacción que construir desde la escasez.
Como explico en mi escrito Venezuela Transmutó, el país ha mutado hacia una zona gris donde el pragmatismo mata a la ética. Se celebra que "hay de todo" en los bodegones mientras se ignora que la educación y la justicia están muertas. Esa complacencia es la prueba de que nos hemos acostumbrado a vivir en un simulacro de normalidad. Exigir a otros lo que no estamos dispuestos a sacrificar (como el orden, la legalidad o el esfuerzo sostenido) es la forma más sofisticada de cobardía social. La verdadera transición comenzará el día que el venezolano deje de mirar hacia Washington o Miraflores y empiece a mirar hacia su propia responsabilidad, sabiendo que, como decía Renny Ottolina, "la única manera de sacar al país adelante es con trabajo, mucho trabajo".

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