

Carlos E. Bauza
El drama que hoy vive la diáspora venezolana en los Estados Unidos no es un hecho aislado ni fortuito; es el resultado de una pinza perfecta que aprieta por fuera con políticas de deportación masiva y asfixia por dentro con el desmantelamiento absoluto de nuestra representación legal e institucional. Durante los últimos treinta años he dedicado mis esfuerzos a analizar la compleja realidad geopolítica de nuestro país, pero hoy es imperativo poner el foco sobre el calvario que sufren cientos de miles de compatriotas en territorio estadounidense. Nos encontramos ante una crisis humanitaria invisible para el debate macroeconómico, donde miles de familias que huyeron del colapso y la persecución en Venezuela hoy enfrentan la reclusión prolongada en centros de detención y, para quienes aún caminan las calles, una muerte civil impuesta por el capricho burocrático que les arrebata de golpe permisos de trabajo y licencias de conducir.
Este estado de vulnerabilidad extrema se ve drásticamente agravado por la total deshumanización y criminalización de nuestra comunidad, propulsada por una feroz estrategia mediática de propaganda que nos ha categorizado falsamente a todos como criminales bajo la sombra del Tren de Aragua. Lo más doloroso e incomprensible de este escenario es descubrir que fue el propio Secretario de Estado, Marco Rubio, quien solicitó activamente al presidente Donald Trump arrebatar el estatus legal a los venezolanos en este país, desatando una cacería sostenida que ha empujado a nuestra gente a la clandestinidad y al desamparo. Mientras esto ocurre en Washington, el liderazgo político de la oposición, encarnado en figuras de enorme visibilidad internacional como María Corina Machado, mantiene una interlocución directa y frecuente con esta administración, pero guarda un silencio diplomático intolerable que nos deja huérfanos de defensa ante la misma Casa Blanca que hoy nos persigue.

Para comprender cómo llegamos a este abismo de indefensión, es obligatorio revisar la sistemática destrucción de la arquitectura consular y diplomática que debió servirnos de escudo en el exilio. La diáspora venezolana carece hoy de los documentos de identidad más elementales: no tenemos pasaportes válidos, no tenemos prórrogas confiables y carecemos de identificaciones consulares reconocidas internacionalmente. Esta carencia no es solo un problema de trámites; es la amputación de nuestra personalidad jurídica en el extranjero. Un ciudadano sin documentos es un ciudadano invisible, un paria institucional que no puede abrir una cuenta bancaria con normalidad, registrar propiedades o demostrar su identidad ante las autoridades locales, quedando expuesto a que cualquier control de tránsito rutinario termine en una tragedia como la que segó la vida de Ray Barráez, quien murió de un infarto fulminante provocado por el pánico inducido a la deportación.
Esta intemperie jurídica es el legado directo de una gestión diplomática opositora que mutó en corporación de promesas rotas y desfalcos descarados bajo la sombra del extinto gobierno interino. Es imposible olvidar el desfile de ofrecimientos del último embajador de la oposición en Washington, quien inundó las redes sociales con campañas publicitarias prometiendo la generación de nuevos documentos de identidad y registros consulares alternativos para los venezolanos en Estados Unidos; promesas vacías que jamás se materializaron y que solo sirvieron para dilatar el tiempo y maquillar la inacción. A esta ineficacia se sumó la flagrante corrupción moral y económica en plazas clave como Miami, donde la gestión de la representación consular se convirtió en un nido de estafas millonarias que dilapidaron recursos destinados a la ayuda humanitaria, dejando una estela de descrédito que terminó por sepultar cualquier pizca de legitimidad que nos quedara ante las autoridades federales.

La cruda y vergonzosa realidad del día de hoy es que, jurídicamente, no tenemos a absolutamente nadie que nos represente como comunidad organizada ante el Estado norteamericano. Tras el colapso de la ficción diplomática del interinato y el desmantelamiento de sus oficinas, la diáspora venezolana quedó en el limbo más absoluto: no somos reconocidos operativamente por el régimen de Caracas, pero tampoco poseemos una vocería legítima, doliente y con peso político en Washington que pueda sentarse a negociar una pausa humanitaria o una regularización laboral con la administración Trump. Estamos flotando en una especie de anomia internacional donde el liderazgo opositor exige el apoyo de la diáspora para presionar por la transición política dentro de Venezuela, pero se desentiende por completo de la supervivencia y los derechos humanos de esa misma diáspora cuando es perseguida y encerrada en campos de concentración en suelo extranjero.
Ante este vacío institucional crónico, la desesperación del migrante venezolano ha sido capturada por un ecosistema voraz y mercantilista de oficinas de asesoría y bufetes de abogados que lucran de manera incansable con la tragedia ajena. El drama migratorio se ha transformado en una industria multimillonaria en los Estados Unidos, donde se diseñan y venden estrategias legales inviables, generando infinitos casos judiciales que nunca terminan, que se dilatan intencionalmente mediante mociones y apelaciones para mantener al cliente cautivo pagando cuotas mensuales perpetuas. Miles de profesionales y trabajadores venezolanos entregan los pocos ingresos que les quedan a profesionales del derecho que prometen milagros migratorios a sabiendas de que, bajo el actual marco legal restrictivo, están empujando a sus clientes hacia un callejón sin salida que, en la mayoría de los casos, concluye con una orden final de deportación.
Es una contradicción ética insostenible que la dirigencia política venezolana pretenda fundar una nueva república basada en la libertad y el debido proceso mientras permite que, bajo ninguna circunstancia, estos mismos valores se diluyan y se pisoteen en los Estados Unidos sin emitir una sola queja formal. Si el liderazgo de María Corina Machado tiene la estatura histórica para confrontar tiranías y ser considerada para el Premio Nobel de la Paz, debe tener también la valentía de exigirle al presidente Donald Trump y a Marco Rubio el cese inmediato de esta política criminal de expulsión que desangra a nuestra sociedad. Salvar a Venezuela no puede limitarse a recuperar el territorio geográfico; significa proteger a sus hijos donde quiera que estén, desmantelando la falsa narrativa de criminalización que nos etiqueta a todos como delincuentes y demostrando que la diáspora está constituida por gente brillante, honesta y trabajadora.

Resulta urgente y completamente viable plantear una reestructuración de la defensa de nuestra comunidad a través de la creación de una oficina o representación estrictamente humanitaria en Washington, dirigida por ciudadanos venezolanos de intachable vocación de servicio y empatía natural, desvinculada de las cuotas partidistas que destruyeron el pasado diplomático. Esta representación no debe buscar el reconocimiento pomposo de un Estado ficticio, sino la operatividad real: gestionar canales de protección temporal, negociar la devolución de los derechos laborales mínimos y visibilizar ante el Congreso y la opinión pública estadounidense los gigantescos aportes económicos, científicos y culturales que los venezolanos honestos realizan diariamente en este país. Solo rompiendo el monopolio de la diplomacia silenciosa e inútil podremos detener el sufrimiento de miles de compatriotas que hoy se encuentran incomunicados y desamparados.
La historia es implacable y juzgará a los líderes no por la belleza de su retórica en los mítines, sino por las vidas que decidieron proteger cuando las papas quemaban y el terror acechaba a los suyos. Los cientos de miles de venezolanos que desde el exilio sostuvieron económicamente la resistencia y apoyaron masivamente el liderazgo interno hoy exigen reciprocidad, firmeza y una mediación frontal que detenga la demolición de sus vidas en los Estados Unidos. Cada minuto de silencio institucional y cada dólar invertido en un litigio migratorio estéril representa una familia fracturada y un futuro venezolano destruido en el destierro. Desde mi ventana analítica en desdemipantalla.com seguiremos denunciando este abandono e insistiendo en que la información sin ruido mediático es la única herramienta para recuperar nuestra dignidad y nuestra verdad.
La ironía de todo esto roza el absurdo y la crueldad geopolítica: mientras la diáspora vive el calvario de un segundo destierro bajo la amenaza constante de la deportación, el presidente Donald Trump asegura públicamente que los venezolanos celebran en calles repletas de dinero fresco gracias a una gestión supuestamente maravillosa de Delcy Rodríguez, llegando al extremo de prometer que el país es ahora tan próspero que se convertirá en el estado número 51. Todo esto ocurre mientras el dinero producido por el petróleo venezolano va a parar a una cuenta en Washington, supervisada y gestionada por una empresa privada que garantiza su uso, en un entramado financiero que beneficia a las élites pero deja al ciudadano de a pie en la más absoluta indefensión. ¿Entonces? ¿Cómo se sostiene un discurso de liberación y presión política cuando la realidad del migrante es la persecución y el destino de los recursos nacionales se negocia a puerta cerrada? La respuesta no está en las promesas del poder, sino en la urgencia de una comunidad que ya no puede seguir pagando con su libertad el costo de la simulación.




