POLITICA

Marco Rubio y el complejo de ser hispano

La paradoja del poder en Washington: entre el oportunismo ideológico y el techo de cristal de un origen latino

El ascenso político de Marco Rubio ha estado marcado por una profunda contradicción: la de un hijo de inmigrantes cubanos que terminó abrazando las narrativas más severas contra su propia comunidad para consolidar su posición en el ala más radical del conservadurismo. Sin embargo, la mayor ironía de su carrera se asoma en el horizonte presidencial. Aunque Rubio busque convertirse en el abanderado del movimiento de Donald Trump, la realidad sociopolítica demuestra que, para las bases más duras del nacionalismo estadounidense, él siempre será percibido, no como un blanco americano, sino ante todo, como un hispano. Un lastre invisible pero implacable que, fuera de las fronteras de la Florida, opera como un castigo perenne, recordándole que el mismo sistema al que intenta complacer es el que le impedirá cruzar el umbral definitivo hacia el poder absoluto.

Carlos E. Bauza

June 8, 2026

Cuando era niño y vivía aún en Cumaná, mi tierra natal, en la escuela de piano de mi tía abuela, había unos cuadros que siempre me llamaban la atención; eran pequeños y hechos sobre vidrio, pintados al revés para poder lograr el efecto perfecto de la imagen detrás del cristal. Al tiempo, mi tía abuela me explicaba que habían sido hechos por una buena amiga polaca, quien había escapado de los campos de concentración en Polonia haciéndose pasar como muerta y ocultándose durante semanas en los camiones que transportaban a los cadáveres hasta poder llegar a la frontera y lograr escapar a la libertad, encontrando refugio en este caso en Cumaná, Venezuela. Luego conocí a los turcos que tocaban a la puerta vendiendo sus hermosas telas y prendas, o que tenían pequeñitos restaurantes donde vendían su sabrosa comida, así como a los chinos y japoneses que venían a establecer sus negocios con esfuerzo. Más tarde, ya siendo adulto, vi llegar a chilenos y argentinos que huían de las dictaduras de la época, o a centenares de colombianos que escapaban del flagelo de la guerra. En fin, un crisol de razas que junto a muchas otras enriquecieron profundamente la cultura y las costumbres de mi ciudad, permitiéndome crecer con un criterio mucho más amplio, empático y humano sobre el valor del ser humano.

Cuando empecé a viajar solo a otros países, por motivos de estudio, placer o trabajo, disfruté —como disfruto ahora— de sus costumbres, haciéndose sumamente fácil para mí adaptarme a ellas y aprendiendo del día a día de los detalles más  pero significativos de cada cultura. Nunca pensé seriamente en emigrar de Venezuela; siempre pensé en hacer mi vida entera en ella, pero las circunstancias geopolíticas y el colapso institucional te llevan a tomar decisiones drásticas que jamás imaginaste, y ahora el emigrante soy yo. Estoy aquí como muchos otros, trabajando duro de sol a sol para salir adelante en tierras ajenas, experimentando en carne propia la vulnerabilidad y el desarraigo. En el caso particular de hoy, quiero hablar de la comunidad cubana que se encuentra dispersa en muchos países, algunos obligados por las circunstancias porque en su camino a tierras de libertades no pudieron o no los dejaron continuar, viéndose obligados a quedarse donde están, sufriendo privaciones pero por lo menos sintiéndose libres del yugo opresor.

En Venezuela tuvimos en su momento una colonia cubana sumamente importante, compuesta por gente emprendedora, profesional y valiosa que hizo de mi país su verdadero hogar y sembró progreso. Ahora, los venezolanos de bien, de los cuales todavía quedan muchos dentro y fuera del territorio, ayudan de forma recíproca a los cubanos que son traídos por el régimen a Venezuela a escapar por las fronteras para que puedan conseguir su tan anhelada libertad, y a aquellos que deciden quedarse se les apoya en todo lo posible. En México, a pesar de sus complejas y a veces hostiles leyes antiemigrantes, se les apoya igualmente en su tránsito hasta llegar a las fronteras norteamericanas; España y el resto de Europa acogen a miles, así como los países que alguna vez pertenecieron a la Unión Soviética. En fin, están por todos lados y la gente común los ayuda activamente; si no fuera por esa solidaridad internacional y orgánica, la gran mayoría no llegaría jamás a los Estados Unidos. Cada cubano que lee estas líneas sabe perfectamente que es mucha más la ayuda y la mano extendida que ha recibido en su largo peregrinar que los rechazos, el abuso y el maltrato institucional

Los norteamericanos nacidos por generaciones en este hermoso país tienen todo el derecho soberano de legislar, debatir y apoyar leyes que los protejan si se sienten vulnerables ante los flujos migratorios masivos; es un derecho y un deber inalienable que, justificado o no, no somos quiénes para criticar con ligereza. Sin embargo, sí tenemos el derecho de refutar esas posturas con actitudes dignas y con un trabajo constante que les demuestre con creces que vinimos a estas tierras a construir, a sumar valor y no a convertirnos en una carga pública para el Estado. Pero la perspectiva cambia drásticamente cuando el ataque no viene de un nativo, sino de alguien con raíces idénticas. Cuando eres un hijo de emigrantes cubanos, cuyos padres o abuelos se vieron obligados a escapar de la isla para poder sobrevivir, y donde el éxodo y el eterno peregrinar por el mundo se han hecho una constante trágica en los últimos cincuenta años, no se puede —o por lo menos no se debe, por un principio mínimo de dignidad y memoria histórica— criticar, perseguir y mucho menos castigar a personas que al igual que tú o tus ancestros están exactamente en la misma situación de vulnerabilidad.

Es aquí donde la figura de políticos como Marco Rubio despierta un profundo estupor y un choque de sentimientos encontrados que originan el rechazo absoluto, haciendo que la imagen pública que uno pueda tener de un líder hispano se derrumbe y se haga añicos como el cristal. Resulta doloroso y contradictorio observar cómo este hijo de migrantes cubanos, que logró ascender en el sistema político estadounidense gracias a las libertades y protecciones que este país históricamente brindó a los perseguidos, se ha convertido con el paso de los años en uno de los mayores detractores de los nuevos migrantes. A lo largo de su carrera legislativa, Rubio ha optado por alinearse con las posturas más rígidas y restrictivas, apoyando directa o indirectamente normativas severas como la polémica ley antiinmigrante de Arizona (SB 1070) en su momento, y endureciendo su discurso para complacer a los sectores más radicales de su partido. Este comportamiento no es más que un reflejo de un preocupante complejo de inferioridad y oportunismo político, donde se asumen banderas ideológicas implacables contra los propios hermanos de origen con el único fin de escalar posiciones de poder en Washington.

Este giro hacia la intransigencia no ha sido un hecho aislado, sino una constante en la evolución política de Rubio, quien ha demostrado estar dispuesto a sacrificar la solidaridad de la diáspora en el altar de la conveniencia electoral. Al adoptar una retórica que criminaliza la necesidad humana de migrar, Rubio reniega implícitamente de sus propios orígenes y de la sangre que corre por sus venas, olvidando de manera selectiva los privilegios legales —como la Ley de Ajuste Cubano— que beneficiaron a su propia comunidad. Para muchos analistas y miembros de la comunidad hispana, ver a un senador de origen latino liderar el bloqueo a reformas migratorias justas y promover la militarización de las fronteras causa una gran indignación. Es la instrumentalización del trauma migratorio ajeno para validarse ante un electorado que, irónicamente, muchas veces ve con recelo a toda la población hispana por igual, sin distinguir los matices ni las tragedias particulares que obligan a un ser humano a dejarlo todo atrás.

La cúspide de esta desconexión y falta de empatía se evidenció de manera alarmante en su relación con la crisis venezolana y su influencia sobre la administración de Donald Trump. Mientras Rubio se presentaba ante los medios como el gran defensor de la libertad de Venezuela en el sur de la Florida, tras bambalinas ejercía una presión política implacable que contradecía directamente su supuesto compromiso humanitario. Fue precisamente Marco Rubio quien, en un calculado movimiento político, solicitó e influyó ante el presidente Donald Trump para la eliminación y el bloqueo de medidas de protección como el Estatus de Protección Temporal (TPS) para los venezolanos, promoviendo en su lugar la expulsión y deportación de la diáspora que huía de la dictadura chavista. Esta maniobra dejó desamparados a miles de profesionales, familias y jóvenes venezolanos que buscaban refugio legítimo frente a la tiranía, demostrando que para Rubio el sufrimiento de un pueblo es útil como consigna de campaña, pero desechable cuando se trata de otorgar derechos y estabilidad legal a quienes escapan de ese mismo horror.

No importa que tu virgen protectora sea la virgen negra de Czestochowa como lo es para los polacos, la Virgen de Coromoto para los venezolanos o la Virgen de la Caridad del Cobre para los cubanos; al final del día, representan la misma fe y el mismo manto que nos arropa a todos en una sola cultura, en una sola búsqueda y en una sola huella de sangre y sacrificio llamada libertad. No podemos permitirnos perder el sentido de la dignidad y la empatía, que son los valores reales por los cuales muchos salimos de nuestros países de origen; es lo único auténtico que nos queda y con lo cual moriremos con la frente en alto. El resto es efímero, el poder pasa, el tiempo vence las ambiciones, y un cargo político o un asiento en el Senado jamás podrán ser la justificación moral que nos lleve a dejar a un lado la decencia, a desviar la mirada con desdén de esos emigrantes que hoy caminan por las mismas rutas que ayer pisaron nuestros padres, y que por ironías de la vida, representan la esencia misma de nuestros ancestros, quienes hoy se sentirían profundamente dolidos ante tanta mezquindad política.

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